Cartagineses
Pueblo semítico de la Antigüedad, de origen fenicio, llamado también púnico (nombre que le dieron los romanos).En el siglo VI AC. hace acto de presencia otro pueblo mediterraneo,el de los cartagineses.Segun el relato tradicional, son llamados por los Fenicios ante la presion tartesica: ocupan Cadiz y destruyen Tartessos.
Establecidos en Cartago al N de Tunicia, como consecuencia de los movimientos coloniales fenicios, en el 814 a. C., según la tradición, los descendientes de los fenicios de Tiro pasaron a ser los c., conservando siempre los caracteres básicos originales: lengua, religión, economía, etc. En la primera fase de su esstablecimiento el territorio cartaginés comprendía sólo la ciudad de Cartago y una pequeña área a su alrededor, calculada en unos 50 Km2. En el s. VI a. C. fue ocupado un territorio mayor, de entre 30.000 y 50.000 Km2, que constituyó la base del Estado cartaginés. Partiendo de esta base, que podemos denominar metropolitana, entre los s. v y III a. C. crearon un imperio colonial marítimo, aprovechando ciudades ya existentes fundadas por los fenicios o estableciendo otras nuevas, en Sicilia, Cerdeña, Ibiza, el sur de la península Ibérica y el norte de África, a occidente de Cartago. Convertidos en la primera potencia económica y militar en el Mediterráneo occidental, chocaron con Roma en la lucha por la hegemonía de este espacio, siendo finalmente derrotados en el 146 a. C., lo que camparitó la destrucción del Estado cartaginés y de la ciudad de Cartago. La segunda mitad del siglo VI AC es la transición entre la época fenicia y púnica de la ciudad, y se abandonaron la mayoría de las colonias fenicias. Nabucodonosor II conquista los territorios fenicios, con lo que Málaga pasa a ser sobre el 573 AC dominada por los cartagineses, que pretendían quedarse con el comercio fenicio.En los siglos que van desde fines del VI AC al cambio de era, los territorios malagueños aparecen ocupados por dos tipos de gentes: los que habitan en la zona costera, denominados Libio fenicios, y los íberos o turdetanos del interior. l. Sociedad y economía. La población inmigrada era predominantemente fenicia, con aporte básico de Tiro (v.), pero a la que se unieron otras gentes del Mediterráneo oriental. Ya en la leyenda de la fundación de Cartago se refiere que con la reina Dido llegaron chipriotas. Más adelante se conoce la existencia de población griega, tanto de la Grecia propiamente dicha como de la Magna Grecia. Hay que contar además con la mezcIa que se producía en todas las grandes ciudades antiguas como consecuencia de la esclavitud, con la incorporación de esclavos adquiridos con frecuencia en lejanos mercados. En la población rural, el fondo lo constituían los indígenas, libios, dedicados a la agricultura, como súbditos de los c. En otras ciudades cartaginesas, fuera del área metropolitana, vivían asimismo indígenas de los respectivos territorios donde las ciudades se habían establecido. Pero en conjunto la población urbana de las ciudades cartaginesas parece haber sido coherente y el tanto por ciento de descendientes de los primitivos fundadores fenicios muy elevado. Originariamente existió entre los c. el régimen monárquico. Se conoce la existencia de reyes que dirigieron a las tropas en las guerras de Sicilia durante el s. VI a. C. A fines de este siglo pertenecían a la dinastía de los Magónidas, que fue destronada por un movimiento social que podemos poner en parangón con el que se produjo hacia las mismas fechas en las ciudades griegas y que dio lugar al gobierno de la aristocracia. Desde entonces, y hasta el final, Cartago fue una república oligárquica regida por los nobles, bajo dos sufetas . Existía además un consejo, llamado por los historiadores modernos De los ciento cuatro, por el número de sus componentes. Estaba formado por jueces, independientes del poder político, elegidos entre la aristocracia, con cargo inamovible. La instjtución tuvo mucha fuerza. Así, p. ej., durante la primera guerra púnica ordenó la crucifixión de hasta cuatro generales, a los que se acusaba de haber tomado en guerra iniciativas excesivamente personales. A partir de la mitad del s. III a. C. la política de los Bárquidas tendió a establecer algo como un principado, apoyándose en las masas populares, en detrimento de la fuerza de los aristócratas, movimiento inspirado sin duda en los ejemplos contemporáneos helenísticos, que no tuvo tiempo de cuajar, por la destrucción del Estado cartaginés en el 146 a. C. Una de las medidas intentadas fue proponer la suspensión de la inamovilidad de los miembros del Consejo de los Jueces, o de los ciento cuatro, apoyo de la oligarquía. La fuerza económica de la aristocracia derivaba de las navegaciones y el comercio colonial y, a partir del s. v a. C. en que se amplió el área metropolitana, también en las posesiones agrícolas. Éstas se dedicaban sobre todo a viñedos, olivos y frutales. Asimismo, en la cabeza de la escala social estaban los sacerdotes, casta numerosa y fuerte, sobre la que tenemos escasas noticias.
El pueblo urbano estaba constituido por artesanos, entre los que destacaban los dedicados a la metalurgia, industrias textiles, del vidrio, de la madera y relacionadas con la construcción naval. Los esclavos eran numerosos, sin que ni remotamente pueda ser fijado el tanto por ciento que representaban en relación con la población total. Los indígenas (libios), sometidos, se ocupaban como obreros agrícolas en las propiedades rurales de la aristocracia. Además existía otra zona alrededor de Cartago, dedicada sobre todo a cereales, que cultivaban directamente, entregando al Estado una parte de las cosechas, por lo general el décimo, pero que en determinadas circunstancias podía alcanzar hasta el 25 ó el 50%. La presencia de esta masa indígena inquietó en varias ocasiones a los c. Las principales revueltas tuvieron lugar en el 396 y el ;379 a. C., cuando los ejércitos c. estaban gravemente comprometidos en las guerras de Sicilia. Otro gran peligro para la sociedad cartaginesa lo constituyeron, en ciertos momentos, los mercenarios que servían en su propio ejército, sobre todo cuando la famosa revuelta del 240 a. C. Se ignora, en cambio, la existencia de graves problemas sociales entre los habitantes urbanos, derivados básicamente del viejo fondo fenicio. Quizá la sensación de habitar un islote, muy alejado de la antigua patria y frente a poblaciones extranjeras, cohesionó con mayor fuerza a los c. 2. Religión. Los c. importaron de Tiro sus creencias religiosas y durante los primeros tiempos no se conocen diferencias de matiz con respecto a la ciudad-madre, si bien carecemos de documentación abundante hasta el s. v a. C. En este primer periodo, la divinidad más importante debió ser Melqart, el señor de Tiro, a cuyo templo se enviaba desde Cartago, todos los años, una ofrenda especial de la ciudad. Pero esta tradición cayó en desuso durante el s. VI a. C., y a partir del siglo siguiente comienzan a observarse peculiaridades específicas de Cartago. La principal es que los dioses más venerados pasan a ser Tanit Pelé Baal, divinidad femenina, y Baal Amón masculina. La mayoría de las inscripciones religiosas halladas en Cartago, desde la indicada fecha hasta su final, se dedican a ambos dioses, que no tienen precedente directo (por lo menos con el mismo nombre) en el panteón fenicio conocido. Se desconoce su origen y significación exacta. Es posible que Tanit adoptara formas de la antigua Astarté , pero, en todo caso, cuando sobrevino la romanización fue asimilada a Juno y no a Venus, como hubiera correspondido de ser equivalente de Astarté. Asimismo, los romanos norteafricanos convirtieron a Baal Amón en Saturno. No conocemos representaciones plásticas de ambos dioses, o son problemáticas. Tanit aparece bajo un símbolo antropomorfo esquemático (el llamado signo de Tanit). Baal Amón se supone representado en algunas pocas esculturas o relieves en forma de un personaje masculino de cierta edad, sentado en un trono entre dos esfinges. Otra característica de la religión cartaginesa es haber conservado la práctica de los sacrificios humanos, ya desaparecidos desde mucho tiempo en Fenicia y ciudades coloniales fenicias. En Cartago se mantuvieron hasta el final de la ciudad, aunque en los dos últimos siglos se observa la tendencia a sustituir a las víctimas humanas por otras animales (pájaros o pequeños mamíferos). La tradición exigía que cada familia, por lo menos las de alta alcurnia, sacrificara al primogénito en su tierna infancia. Después de la incineración, las cenizas se colocaban en una urna de barro y se depositaban en un santuario, acompañándose a veces de una estela de piedra, con inscripción dedicatoria o sin ella. Se han excavado santuarios de este tipo en Cartago y en colonias púnicas de Cerdeña, pudiéndose analizar los restos óseos incinerados, que han confirmado se trata de niños, con frecuencia menores de un año. En las capas superiores, más modernas, las urnas contienen predominantemente huesos de animales, prueba de la sustitución indicada. 3. Lengua y cultura. La lengua de origen, fenicia, se mantuvo durante toda la etapa cartaginesa. Se conoce a través de la epigrafía, que es pobre, ya que la mayoría de las inscripciones son dedicatorias religiosas, en cuyo texto se repiten siempre las mismas fórmulas. Se observa que los matices diferenciales con el fenicio de origen son escasas. Sabemos que tuvieron literatura, sobre todo religiosa, así como histórica o de tipo práctico, que se ha perdido casi íntegramente. Conocemos la existencia de un tratado de Agronomía, traducido al latín por el interés práctico que ofrecía para los roman'os, y la traducción griega, posiblemente abreviada, de la narración del Pe· ripio de Hannón por las costas africanas. Sabemos asi· mismo que parte de las bibliotecas existentes en Cartago cuando su destrucción en el 146 a. C. pasaron a los reyes mauritanos, y la documentación fue aprovechada por el rey Iuba Il de Mauritania para componer sus obras. En cuanto al arte, la documentación es desigual. Parece que siguiendo la tradición semÍtica los c. no se distinguieron en artes plásticas. La escultura, al servicio sobre todo de las creencias religiosas, aparece como poco abundante y mediocre, influida en los primeros siglos por las corrientes orientales, sobre todo egipcias, y a partir del s. v a. C. por el helenismo. Predominan las tierras cocidas de pequeño tamaño, exvotos de santuarios, o en relación con prácticas funerarias (máscaras). Son corrientes las representaciones en relieves en estelas y cipos. asimismo relacionados con los santuarios. Ignoramos casi todo lo referente a la pintura, pero existen estucos pintados aplicados a elementos arquitectónicos. El arrasamiento de la ciudad de Cartago y el hecho de que la mayoría de las colonias continuasen su vida en época romana (y aún hasta la actualidad) impide tener un conocimiento sólido de la arquitectura. La tradición escrilJ grecolatina nos dice que los monumentos públicos estaban a la altura del prestigio y riqueza del país. Por los escasos elementos conservados se observa, como en escultura, la existencia de un periodo antiguo más ligado a lo oriental con marcada influencia egipcia, y otro en los tres últim siglos en que triunfó la imitación de lo griego, sobre todo en lo que respecta a los elementos decorativos, pero también en las plantas. Así, las casas excavadas en una ciudad recientemente exhumada en el cabo Bon son de tipo griego helenístico, con patio central. 4. Artes industriales. El carácter mercantil de la ec nomía cartaginesa impulsó el desarrollo de las artes indu triales y la artesanía, elemento clave para los intercambi con los indígenas ribereños del Mediterráneo occidental su principal mercado. Dirigido a tales compradores, nuea fue preocupación especial el obtener calidades. Por ello no hallamos una orfebrería comparable a la de sus predecesores fenicios, o al menos no se han conserva las piezas que pudieran justificar una valoración estética apreciable. Las joyas, por lo común de oro, son sencillas La pasta vítrea jugó importante papel para la confeccion de collares y pequeñas vasijas destinadas a contener per fumes. Se trabajó asimismo el marfil, de fácil obtencion cuando en el norte de Africa vivían elefantes hasta 1 mismas costas del estrecho de Gibraltar. Conocemos bien las producciones alfareras cartaginesas, abundantes y con marcado carácter industrial, muy lejanas en calidad las griegas contemporáneas. 5. Evolución histórica. A partir de su fundación el 814 a. C. (fecha discutida modernamente, aunque exista ningún argumento sólido para contradecirla) y h ta el s. VI a. C., Cartago no debió distinguirse especi mente de otras colonias fenicias en el Mediterráneo occidental, y sabemos poco de su historia. Sin embargo, p los cimientos de su expansión, pues a mediados del s. v fundó una colonia en Ibiza. El siglo siguiente parece haber sido el de su transformación, comenzando a imponer su hegemonía sobre las restantes ciudades fenicias de Occidente, luchando con el fin de frenar la expansión griega, gran peligro para sus mercados. Para ello contaron, por lo menos en determinados periodos, con la alianza de los etruscos. El choque principal se produjo por la posesión de Sicilia, de la que los c. dominaban el extremo O y los griegos todo el resto. Las guerras fueron largas y sangrientas, sin que ninguno de los dos contendientes lograra resultados definitivos. De mediados del s. VI hasta la primera guerra púnica, en que fueron definitivamente expulsados por los romanos, los c. aspiraron al dominio de la isla, hallando su principal enemigo en Siracusa, que capitaneó las ciudades griegas siciliotas. La lucha se extendió más al N, y en el 535 a. C. consiguieron derrotar a los focenses en la batalla naval de Alalia, frente a las costas de Córcega. Momento especialmente favorable fue el del 480 a. C., cuando los griegos, acosados por los persas en su propio territorio metropolitano, parecían estar en malas condiciones para la defensa de sus territorios en Occidente. Pero el ensayo de lucha conjunta persas cartagineses contra griegos fracasó. Ya en el s. IV a. C. primero la toma de Motya (398 a. C.) por Dionisio de Siracusa y después el desembarco de un ejército en el propio territorio c. organizado por Agatocles, tirano de la misma ciudad, comprometieron gravemente la posición de los c. en Sicilia. Estas largas luchas obligaron a los c. a mantener un ejército muy superior a lo que podía dar de sí la escasa demografía del país. La solución fue enrolar gran número de mercenarios, norte africanos (libios o beréberes) y, sobre todo, de la península Ibérica, prefigurando lo que fueron las tropas cartaginesas de la época de las guerras púnicas. Igualmente, la necesidad de disponer de numerario para el pago a los mercenarios les obligó a crear moneda propia, comenzando por acuñaciones, en plata, imitando modelos griegos siciliotas, anteriores a las de la propia metrópolis. Más afortunados que en la guerra terrestre de Sicilia fueron los c. en el mar, ya que consiguieron controlar la zona del estrecho de Gibraltar, cerrándolo a sus rivales griegos, ya en el s. v a. C. Desde entonces el extremo occidental mediterráneo fue dominado por los c. hasta su derrota en las guerras púnicas. Con la intervención romana fuera de la península Itálica se abre un nuevo periodo de la historia cartaginesa, el mejor conocido a través de las fuentes escritas clásicas , no sólo bajo el aspecto puramente militar, sino también por los principales personajes . Sin embargo, estamos menos informados de la historia de esta fase en lo que concierne a la política en el interior de la ciudad y en sus aspectos sociales y económicos, como consecuencia de que los autores romanos narran sobre todo el aspecto bélico exterior, con escasas referencias a los hechos políticos internos. Parece, no obstante, que los Bárquidas realizaron un intento de transformación, truncado por el final del Estado, trágicamente hundido en el 146 a. c., al final de la tercera guerra púnica. No puede considerarse, sin embargo, que la destrucción de la ciudad y del Estado cartaginés represente el fin total. Numerosas ciudades coloniales continuaron viviendo bajo el poder romano, conservando mucho de la herencia cartaginesa, en especial en los primeros siglos. El fenómeno es visible tanto en las islas (Cerdeña, Ibiza) como en la península Ibérica y sobre todo en las costas de Argelia y Marruecos. Incluso la lengua fenicia perduró en la zona que fue metropolitana cartaginesa durante todo el Imperio romano, a pesar de la fuerza del latín, única lengua oficial y única que aparece en las inscripciones a partir de la reconstrucción de Cartago. S. Agustín refiere que en su época (s. IV) se usaba todavía la lengua fenicia entre la población, y si bien recientemente se ha propuesto que se refería a la lengua líbica y no a la cartaginesa, la mayoría de los investigadores opinan que se trata de ésta. 6. Viajes y exploraciones. Las navegaciones de los c. no fueron normalmente más allá del área previamente establecida por los fenicios, sin duda porque les bastaba el control de la zona del estrecho de Gibraltar, lo que equivalía a dominar las fuentes metalíferas más importantes del Mediterráneo. Pero conocemos dos expediciones atlánticas, con finalidad de explorar costas desconocidas y realizar nuevas fundaciones, que fueron dirigidas por Hannón e Himilcón. La primera puede seguirse a través del llamado Periplo de Hannón, texto griego que traduce, en forma resumida, la relación original del viaje. Se supone que tuvo lugar durante el s. v a. C. y consistió en una expedición organizada por el Estado y dirigida por Hannón, rey de los c., probablemente de la dinastía de los Magónidas. Intervinieron 60 buques de 50 remeros y gran número de pasajeros (la cifra de 30.000 que se da es, sin duda, muy exagerada). Tomando Gadir (Cádiz) como base, siguieron la costa atlántica de Marruecos hacia el S, estableciendo primero fundaciones coloniales y dedicándose en la última parte del recorrido a la exploración de costas desconocidas. Los comentaristas no se han puesto de acuerdo sobre cuál fue el límite final: para unos el litoral senegalés, para otros la costa de Guinea. Tampoco se pueden fijar exactamente los puntos donde fueron establecidas las colonias, dada la vaguedad del texto (que ha llegado incluso a suponerse falso). Aun no admitiendo su exactitud, es un precioso documento que refleja la existencia de expediciones organizadas por el Estado, con finalidad de ampliar la colonización y abrir nuevos mercados. Todavía hay menos datos sobre las expediciones atlánticas desde el estrecho de Gibraltar hacia el N, pero las fuentes clásicas citan un Periplo de Himilcón, navegante de época contemporánea o poco distante de Hannón, que recorrió el litoral hasta el norte de Francia e Islas Británicas. Aunque el texto no nos ha llegado, muchos autores suponen que parte de los datos que contenía fueron aprovecbados por el poeta romano del s. IV d. C. Rufo Festo Avieno para redactar su Ora Maritima, de forma que la parte atlántica de este poema refleja el conocimiento que los ·c. consiguieron a través de la mencionada expedición. También desarrollaron activas exploraciones por tierra, a través del Sahara, para establecer rutas comerciales con el África sudanesa, productora de oro y materias exóti· cas para el mundo mediterráneo. Varias ciudades de la costa del actual Estado de Libia, que en época romana imperial apoyaron su riqueza en ser las bases de las rutas del desierto (Leptis Magna, Sabrata, etc.), habían sido fundadas por los c. con el mismo fin. Existen pocos datos históricos sobre la acción cartaginesa a través del Sahara, pero es evidente que fueron, desde el Mediterráneo, los iniciadores de la exploración del desierto. 7. Estado de la investigación. Perdida la documenta· ción escrita cartaginesa, salvo la epigrafía, agotados los textos grecolatinos, toda la nueva problemática deriva de los hallazgos arqueológicos. En los últimos años han sido notables más que en el área metropolitana cartaginesa en las ciudades coloniales, objeto algunas de ellas de excava· ciones extensas, en Cerdeña y el norte de África, al O de Cartago. Nuevas perspectivas se abren constantemente, la mayoría de las cuales no se ven todavía reflejadas en los manuales y libros generales, y sólo son asequibles de momento en estudios aparecidos en revistas especializadas en memorias de excavaciones. La división provincial de la España romana permaneció casi sin variaciones desde Augusto hasta fines del s. III. Diocleciano, que reformó todas las ramas de la administración, cambió también la organización provincial tratando de obtener una mayor eficacia en el mando y en la defensa contra los bárbaros. Hasta entonces el apela· tivo C. se aplicaba a un extenso convento jurídico. La única modificación apreciable desde que la división de Hispania en Citerior y Ulterior dejó paso a las provincias Tarraconense, Bética y Lusitania, había sido la conver· sión en una nueva provincia, Gallaecia, de las diócesis de Asturias y Galicia, por obra de Caracalla. La crisis de autoridad y la decadencia del Senado acentuó el carácter monárquico del gobierno y la desaparición de la clase senatorial en la administración de las provincias, cosa que se notó más en la Bética, directamente sometida al Senado. Al mismo tiempo se alteró el número y extensión de las antiguas provincias; el Imperio quedó dividido en cuatro prefecturas y éstas en diócesis, cada una de las cuales comprendía a su vez varias provincias. 1. La reforma del a. 297. En Hispania, la Bética y la Lusitania conservaron casi los mismos límites, pero de la antigua Citerior nacieron dos provincias, Tarraconense y Cartaginense, ésta con límites muy inseguros, pero seguramente conteniendo el convento jurídico del mismo nombre, parte del cluniense y las islas Baleares. Con esta división la dioecesis Hispaniarum se integró con seis provincias, tal como aparecen en el laterculus Veronensis, donde figuran Baetica, Lusitania, Carthaginensis, Gallaecia, Tarraconensis, Mauritania Tingitana. AsÍ, en lo administrativo desaparecen los conventos jurídicos que permanecen vivos en lo geográfico, habiendo menciones en el Ií. v y aún después, en las ordenaciones y divisiones visigodas. La fecha de la división de Diocleciano es segura; poco antes (288-289) Postumio Luperco gobernó toda la provincia con el título de presidente de la Hispania Citerior. Una cuestión especial plantean las Baleares, que algunos suponen incluidas en la Tarraconense; no obstante, hacia el 400 constituían ya una provincia separada, según informa la Notitia Dignitatum; siempre debieron gozar de gran autonomía y es posible que figurasen en la reforma del a. 297, pues si bien el códice de Verona sólo enumera seis provincias, dice que la diócesis de las Hispanias «tiene provincias en número de siete». 2. Gobierno de la Cartaginense. La diócesis de Hispania estuvo bajo la autoridad del prefecto del pretorio de las Galias; así se confirma por la disposición según la cual, en la primera tetrarquía, España fue asignada a Constancio; no obstante algunos autores, apoyándose en Lactancio, la otorgan a Maximiano y luego a Majencio y, por tanto, a la prefectura de Italia. El gobierno de la dióces.is estaba a cargo de funcionarios delegados del prefecto de las Galias llamados vices agens praefectorum praetorio per Hispanias, comes Hispaniarum y vicarius praefectorum per Hispanias, conocidos a través de inscripciones y de fuentes jurídicas. Cada una de las provincias, y por tanto también la C., se gobernaba por un praeses o presidente, que estaba desprovisto de toda potestad militar, y tenía el título de vir perfectissimus, como miembro del orden ecuestre, clase inferior al orden senatorial compuesto por los vid clarissimi. Esta circunstancia se daba ya antes de Diocleciano. Aunque la C. no nos haya conservado ningún nombre de praeses, sabemos por la Notitia Dignitatum que estaba regida por tales funcionarios, como la Tarraconense, la Baleárica y la Mauritania Tingitana, en tanto que la Bética, la Lusitania y la Gallecia se gobernaban por consulares, desde la segunda mitad del s. IV, si bien las diferencias eran solamente de nombre. Consulares y praesides tenían a sus órdenes una oficina numerosa, tanto que Teodosio limitó a 300 su número máximo; conocemos los nombres de estos subalternos: princeps procedente del officium del pretorio, un cornicularius, dos tabularii, un adiutor, un commentariensis, un ab actis, un subadiuva y un buen número de excepto res y de otros personajes secundarios. Aunque no conozcamos ningún nombre de praeses de la C., sabemos de uno anónimo a quien se le dirige una constitución del Códice Teodosiano en relación con Castulo (despoblado de Cazlona, Jaén). La ordenación hacendística de las nuevas provincias se detalla en el Códice Teodosiano, especialmente en lo que se refiere a la annona (abastecimientos) y a la glebalis collatio, o impuestos especiales que alcanzaban a los senadores y decuriones en relación con sus posesiones. Respecto de la primera conocemos disposiciones legales de protección a los. navegantes comerciales hispanos que llevaban carga propiedad del fisco para el abastecimiento de Roma; los productos eran los tradicionales, cereales, aceite y vino, y se citan los caballos, telas y metales ricos, especialmente el oro y la plata. La glebalis collatio no se aplicaba en Hispania por un privilegio que desapareció el a. 398, a juzgar por una constitución imperial de Honorio, que así lo afirma. La administración financiera estuvo a cargo de un doble orden de funcionarios dependientes de dos rationales y luego de dos comites, uno para cada una de las provincias. La ordenación militar no cambió gran cosa con la reforma del a. 297; las legiones y las cohortes auxiliares que guarnecían Hispania antes de Diocleciano continuaron hasta principios del s. v, salvo alguna excepción. La jefatura estaba en manos de un magister peditum presentalis y en las de un spectabilis comes. Con ocasión de las turbaciones producidas por las sucesivas invasiones de bárbaros, se envió un magister militum; en Cartagena (Museo Arqueológico Municipal) se conserva la gran lápida del 588 en honor del patricio Commenciolo, enviado por Mauricio Augusto contra los bárbaros enemigos, y se le llama magister militum. 3. Estructura económica y social. Agricultura. La C. disfrutó de holgada situación, como parece deducirse de los versos de Paulino a Ausonio, que alaba las ciudades ricas y cultas entre el Guadalquivir y el Ebro. Las invasiones del s. III no debieron cambiar fundamentalmente la contextura económica y los productos naturales debieron ser los mismos de la época republicana y del Alto Imperio. Tampoco tenemos textos explícitos que hablen de las riquezas naturales; hay que recurrir a documentos arqueológicos como el mosaico de Hellín (Albacete) de la primera mitad del s. III (Mus. Arqueológico Nac., de Madrid), que contiene las estaciones y los meses con sus símbolos vegetales y animales. Respecto de éstos dominan las cabras; en el norte abundaron las vacas (relieves de Hontoria de la Cantera y Clunia, Burgos); las especies venatorias debieron ser el jabalí y el ciervo, y la caza ocupación predilecta de las gentes (v. la sítula de Bueña, Terue!, con una escena de la época del Bajo Imperio); los perros de caza hispanos gozaron de gran fama. La agricultura tuvo como productos esenciales el olivo, la vid, la higuera y otras plantas mediterráneas; prensas de aceite de piedra se han hallado en Cartagena y Santa Cruz de Moya (Cuenca). Se exportaba el vino; la vettonica, planta medicinal como el enebro; el esparto, famoso en el campo de Cartagena desde época púnica. Ignoramos la organización de la propiedad y la explotación agrícolas, pero poseemos relieves con escenas de este tipo (estelas de Lara de los Infantes y de Marcelo Aurelio). La minería, tan activa y rica en la sierra de Cartagena, debió de cesar durante la crisis del s. IlI, al menos nada posterior a dicha época se encuentra en la arqueología. Industria. La actividad fabril pudo ser importante en la labra del metal, tal vez con centros importantes de trabajo del bronce (p. ej., las ruedas circulares con decoración geométrica, o caladas con temas paleocristianos, bronces de caballos, arneses, pasarriendas); debieron existir industrias del cuero y el corcho (Ontur, Albacete), talleres de tallado de la piedra (estelas de Burgos, sarcófagos de Briviesca, Cameno y Poza de la Sal, de la segunda mitad del s. IV), que no llegaron a producir esculturas importantes. La inscripción de Sasamón (Museo de Burgos) se refiere a la organización del trabajo; en ella un gremio de libertos y siervos (cardador, curtidor, sastre) honra a sus patronos, en el a. 239, diciéndose libertas de una gentilidad, antigua institución indígena vigente aún en el s. m, y testimoniando tal vez un régimen de industria colectiva familiar. Los talleres cerámicos (Elche, cerámica esmaltada, Clunia), de los que conocemos los hornos (Olocau, Valencia), fueron importantes. Aparte hay que considerar las muñecas de ámbar o de marfil de Ontur (Albacete) y de Elche, las primeras de mitad del s. IV. También talleres de mosaicos; uno de las termas de Segóbriga, del s. m, lleva el nombre del arquitecto: Belcilesus artifex a fundamentis. Comercio. El comercio fue intenso, como lo demuestran los productos de importación; así, el plato estampado de Sagunto, de taller oriental, como los cepos de ancla de cabo de Palos (Mus. de Cartagena) con los nombres de Afrodita Sozusa y Zeus Casios; con el arte copto egipcio se relacionan los estucos de Villajoyosa (Mus. de Alicante) y muy activo fue el comercio del sudeste con el norte de África; especialmente intenso con Baleares, donde son de tipo africano las basílicas de Son Peretó, Puerto de Manacor, Son Bou, Isla del Rey, Es Fornás de Torelló, con mosaicos semejantes a los de Cartago y la región de Túnez; lo mismo ocurre en Cabeza del Griego (antigua Segóbriga, Saelices, Cuenca). El comercio con Bizancio se acredita por las joyas de Ilici y áureos bizantinos, ocultados entre los a. 408 y 410; con Italia lo prueban los sarcófagos importados de Roma, como los de las Musas de la catedral de Murcia, fragmento de Ontur, en Albacete, Covarrubias, Santo Domingo, Toledo, Berja (Almería), Erustes (Toledo), Denia (Alicante), Puebla Nueva (Toledo), todos de hacia el s. IV, importados por mar; del norte de Italia se importaba vidrio artístico (vaso diatretum calado, de Termancia, Soria). Se conocen también relaciones con Narbona. Se exportaba la púrpura, especialmente de Baleares; era monopolio estatal durante el Bajo Imperio y en las islas debía existir una tintorería imperial de púrpura. Características sociales. En los s. III Y IV continuó el proceso de romanización de los indígenas del interior de la C., acelerada en los últimos tiempos por obra de la Iglesia, aunque continuaron persistiendo tradiciones prerromanas. Nos lo demuestran las estelas de Lara de los Infantes, que denotan buen nivel de vida; Arcobriga (Arcos o Monreai), Uxama o Clunia; la Meseta debía estar bastante poblada y dedicada preferentemente a la agricultura. Sin embargo, las invasiones de las bandas bárbaras del s. m produjeron desorden, intranquilidad, abandono del campo por las ciudades y la decadencia de éstas; la inseguridad desarrolló el bandolerismo, por motivos económicos, tal como recuerda Servio Gramático y constatan inscripciones funerarias de personas muertas a manos de ladrones; Constan tino 1, en decreto del a. 332, dirigido a Tiberiano, Comes Hispaniarum, se refiere al peligro de las bandas de esclavos fugitivos; el empobrecimiento, al que alude S. Jerónimo, se aumentó con las devastaciones de los germanos entre los a. 409 y 411. Antes de esta situación la vida de los señores en el campo estaba rodeada de lujos; las villae o casas de campo poseían pavimentos de ricos mosaicos, termas, etc., y las excavaciones han sacado a la luz restos ostentosos en Hellín (Albacete), Cabañas de la Sagra (Toledo). Las Tamujas de Malpica del Tajo (Toledo), y en la misma Toledo, en Santervás del Burgo (Soria) y espeCialmente en Cuevas de Soria, todas con extraordinarios mosaicos, así como los de Almenara de Adaja (Valladolid), Alcázar de San Juan, Elche, Liria, Cártama, etc. Muchas de estas villas rústicas eran propiedad de cristianos, como la importante de La Alberca (Murcia). En general eran establecimientos cabeza de latifundios, en gran parte privados y a veces imperiales; conocemos exenciones para estos latifundistas. Se configuran algunos grupos religiosos peculiares, como el de los judíos, dedicados al comercio, de los que conocemos sinagogas como la de La Alcudia de Elche, del s. IV, con mosaicos marcados con inscripciones griegas; también las de Menorca, cuyos miembros fueron perseguidos en el s. v. La comunidad cristiana era poderosa, con grandes fortunas, que debieron emplearse en parte en las necesidades de la Iglesia; el martyrium de La Alberca es una de las más interesantes construcciones de la época. La crisis iniciada en la segunda mitad del s. III provocó una activa tesaurización denunciada por el frecuente hallazgo de agrupaciones de monedas, a veces muy cuantiosas como las de Linares o Clunia, que se escondían, enterrándolas, con ocasión de las perturbaciones y peligros. 4. Límites geográficos y ciudades. La división del 297 no tuvo en cuenta, para nada, la anterior división en conventos jurídicos, y la nueva provincia C. cortó los conventos cesaraugustano y cluniense por una línea bastante alejada del Ebro, pero paralela a él. Los límites exactos son inseguros y podrán deducirse de la lista de ciudades que siguen; la C. incluyó también las Baleares hasta su separación como provincia. La capital estuvo en Carthago Nova (Cartagena) y las poblaciones más importantes fueron las de PalIan tia (Palencia), Septimanca (Simancas), Numantia (cerro de Garray, cerca de Soria), Uxama (Osma), Clunia (Coruña del Conde, Burgos), Segavia, Abela (Ávila), Complutum (Alcalá de Henares), Segontia (Sigüenza), Toletum (Toledo), Segóbriga (Cabeza del Griego, Saelices, Cuenca), Valeria (Valera, Cuenca), Valentia (Valencia), Dianium (Denia), Oretum (Granátula), Castulo (despoblado de Cazlona, Jaén), Men· tesa (La Guardia), Basti (Baza), Acci (Guadix el Viejo) y Urci (en la región de Almería); en las Islas Baleares, Pollentia (Alcudia), Ebusus (Ibiza), lamo (Ciudadela) y Mago (Mahón). Todas estas ciudades fueron de antigua fundación y continuaron su vida en los s. m y IV, pero es muy difícil hallar noticias o restos (aparte de los ya citados) del tiempo del Bajo Imperio. La mayor parte de las citas de los autores corresponden a etapas anteriores, aunque se recogiesen tardíamente; así, las de Marciano Capela o Esteban de Bizancio sobre Carthago Nova. Respecto de esta ciudad lo poco que sabemos, después de ser erigida en capital de la provincia, se refiere a los asaltos y saqueos sufridos por obra de los vándalos (a. 426), que también padecieron las Baleares; de ésta y otras razzias debió resultar su destrucción, aunque luego fuera restaurada posteriormente en el s. VI, como nos hace saber la inscripción laudatoria del patricio Commenciolo (590), en la que se ensalzan las altas torres y murallas y los suntuosos edificios que debieron llegar hasta la época de capitalidad del enclave bizantino. A pesar de las destrucciones debieron persistir buena parte de sus antiguos edificios y, desde luego, el recinto amurallado y la disposición de las vías de comunicación y el puerto. Las fuentes sobre ella son de la época púnica (229 a 209), de la republicana, tras la conquista por Escipión (fue colonia desde el 42 a. C., realizando la ceremonia Cneo Statilio Libo en nombre de Lépido), y de la Imperial. La ciudad se alzaba en una hondonada rodeada por colinas (Aletes=San José, Cronos = Sacro, Ars Has-Asdrubalis=Molinete, Ares=Castillo de la Concepción y Hefaistos= Despeñaperros); su único acceso lo tenía por el E, discurriendo entre las colinas de Aletes y Hefaistos; el límite S era el mar y el N una albufera; la planta de la ciudad no era regular, y el foro estaba en la actual plaza de S. Francisco. El puerto se abría donde la dársena del moderno Arsenal; todo el fondo de la bahía reunía excelentes condiciones. Las necrópolis se hallaban fuera de la ciudad, que estaba bordeada por altas murallas, incluso por el lado de la albufera (Almarjal); la vía principal era la de Tarraco a Castulo y Gades; a su orilla queda un monumento funerario del s. I (Torre Ciega). Realmente no queda nada de la ibérica Massia, de la púnica Qart-Hadasat y todo lo que nos ha conservado la Colonia Urbs Iulia Nava Carthago es romano y anterior al s. III. Recientes son los hallazgos de los restos del anfiteatro (bajo la plaza de toros), y de los restos de un pórtico (calle de la Morería). Acuñó monedas latinas desde el 57 a. C. hasta el 43 d. C. y en ellas hay menciones de acueductos, templos y del culto de la Salud, que con el de Esculapio era el tutelar de la ciudad. En las lápidas, anteriores al s. III, figura una dedicada a Mercurio por una corporación de pescadores y pescaderos, asociados corporativamente. Gran parte de su prosperidad se debió a las minas de plomo argentífero de su sierra (La Unión con el Cabezo Rajado, a tajo abierto, Portman Portus Magnus, Mazarrón, antigua Ficaria), minas que debieron ser abandonadas en el s. III. Es legítimo suponer que en el Bajo Imperio las trazas generales de la ciudad continuaron como en siglos anteriores. .