D. Antonio Cánovas del Castillo, nacido en Málaga el día 8 de febrero de 1828. Gran estadista, pionero en la consecución de un sistema político tipo que es el que tienen hoy los países democraticos.
La obra de Cánovas posteriormente a su muerte fue injustamente valorada ya que la España que dejó a su muerte era muy diferente a la que habia cuando era presidente del gobierno. Grandes diferencias entre los españoles tan profundas y tan graves que no planteaban ninguna duda sobre los problemas que acaecieron posteriormente.
Cánovas no pudo solucionar éste problema pese a la buena voluntad de algunos, pero ese afán de consenso entre los dos signos tan distantes le avaló un reconocimiento al enjuiciar su obra por los historiadores.
D. Antonio Cánovas del Castillo, cinco veces presidente del gobierno durante los reinados de; Isabel II 1833-1868, Alfonso XII de Borbón 1874-1885 y María Cristina de Habsburgo-Lorena que al fallecer Alfonso XII, ejerció la regencia durante la minoría de edad de su hijo, el rey Alfonso XIII desde 1885 hasta 1902. Cánovas formó un gobierno que ejercería la regencia hasta la llegada de Alfonso XII. Ese espiritu de politica de centro quedó confirmada al integrarse en la Unión Liberal, partido creado por O’Donnell para interponerse entre moderados y progresistas.
Su primera responsabilidad política fue la redacción del Manifiesto de Manzanares, que hizo públicas las posiciones de los militares participantes en la llamada «Revolución de 1854» (O’Donnell, Serrano y Dulce).
Ocupó cargos como los de diputado en las Cortes 1854-56, gobernador civil de Cádiz, subsecretario de gobernación, ministro del mismo ramo y de Ultramar. Cánovas fué lider de una minoría conservadora en las Cortes. Atacó tanto al régimen democrático de Amadeo de Saboya como a la Primera República que le sucedió, aprovechando los fracasos de ambos ensayos para consolidar su opción de restaurar la monarquía de los Borbones.
Una vez que abdicó la reina Isabel II, Cánovas consiguió plenos poderes para dirigir la causa monárquica.
Fue fortaleciendo paulatinamente la causa alfonsina en medios políticos y acrecentando la viabilidad de la restauración monárquica a medida que quedaba desacreditada la opción republicana; pero, en contra de su voluntad, el general Martínez Campos se le adelantó, proclamando al rey mediante un pronunciamiento militar en Sagunto (1874). Sin embargo, por primera vez en la historia de los pronunciamientos españoles, los militares no quisieron ocupar el poder, sino poner en él a Cánovas, como líder de los partidarios de la Monarquía: el último día de aquel año, Cánovas formó un gobierno que ejercería la regencia hasta la llegada de Alfonso XII, el cual confirmó al gabinete en 1875.
Cánovas realizó en los dos años siguientes una obra enorme, que instauró las premisas del régimen que gobernaria hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera (1923). Preparó e hizo aprobar la Constitución de 1876, estableciendo una monarquía liberal inspirada en las prácticas parlamentarias europeas. Su objetivo era terminar con la violencia política y los levantamientos militares que habían aparecido durante el reinado de Isabel II. Cánovas diseñó un modelo bipartidista formando él un partido conservador y buscó una figura que uniera la opción política alternativa, encontrándola en Sagasta, que asumiría el liderazgo del Partido Liberal, con el cual se turnarían los conservadores en el poder.
Tras gobernar casi sin interrupciones hasta 1881, Cánovas dejó el poder a Sagasta en aquel año, recuperándolo en 1884. Al morir Alfonso XII en 1885 y para consolidar la regencia de María Cristina de Habsburgo, selló con Sagasta el llamado «Pacto de El Pardo», por el cual ambos partidos se sucederían sin enfrentarse en la gobernación del país. Y es que, efectivamente, la peculiaridad del régimen canovista era que las elecciones constituían una farsa manejada por las redes oligárquicas del caciquismo, mientras que el Parlamento y el gobierno se formaban de espaldas a la opinión pública, en función de pactos entre los líderes de los dos partidos dinásticos y con una intervención decisiva de la Corona.
Cánovas volvió a presidir el consejo de ministros en 1890-92 y en 1895-97. En su haber como gobernante hay que anotar la pacificación del país, poniendo fin a la sublevación cantonal (1874), la Tercera Guerra Carlista (1875) y la Guerra de los Diez Años en Cuba (1878).
Pero se mostró impotente ante los nuevos conflictos que suscitaban el nacionalismo catalán, el movimiento obrero, el anarquismo, las disidencias internas de su partido (Francisco Silvela) y la reaparición del movimiento independentista en Cuba (1895). Incapaz de abrir cauces para la participación política de nuevos grupos y aspiraciones, cuando murió asesinado el 8 de agosto de 1897 en el balneario de santa Águeda, en el municipio de Mondragón, Guipúzcoa, por el anarquista italiano Michele Angiolillo dejó al régimen ante una situación de crisis que se prolongaría desde la derrota en la Guerra de Cuba (1898) hasta su extinción (1923).
también fué historiador, filósofo, jurista, poeta y novelista.
Debió ser hombre importante ya que D. Benito Pérez Galdós dedicó uno de sus episodios nacionales a Cánovas del Castillo, en uno de los párrafos de ese episodio se describe como nadie supo a Cánovas;
... atravesando el salón donde se reunia el consejo de ministros, llegué al despacho del Presidente. a muchos personajes de primera magnitud política había yo visitado en mi vida; pero ninguno me causó tanta cortedad y sobresalto como don Antonio Cánovas del Castillo, por la idea que yo tenía de excelsitud de su talento, por la leyenda de sus desmedido orgullo y de las frases irónicas y mortificantes que usar solía. Apenas cambiamos las primeras frases de saludo, empezó a disiparse la leyenda del empaque altivo, pues me encontraba frente a un señor muy atento y fino y de una llaneza que al punto ganó mi voluntad. Hízome sentar en un sofá, casi frontero a la mesa de despacho y hablamos... quiero decir, él habló yo escuché, atento a su palabra enérgica, vibrante y un poquito ceceosa... sentí un tenue desvarío de mi cabeza, miré a un lado y a otro... ¡Jesús me valga!... Creí que en la cabeza del sofá erguíase grandiosa y colosal la figura de mi Madre, la divina Clío.